LA PUERTA ESTÁ ABIERTA PARA TODOS, PERO SOBRE TODO EL CORAZÓN. (Este letrero se puede leer en el zaguán del Exc.mo Ayuntamiento de la muy noble y leal Ciudad de Pamplona)

 

 

Confesión del Conde publicada en el "Especial San Fermin" del diario pamplonés Noticias el 5 de julio 2009.

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«Hola Conde, ¡ya sabía que estabas aquí!». Con esta bienvenida por las calles y durante muchos años, la gente fue rubricando mi presencia, a los Sanfermines cualquiera que fuese la fecha de nuestro encuentro.

Fue sin duda la hospitalidad de Pamplona y su gente que me hizo enamorar de sus Fiestas Patronales. O quizás la locura de una ciudad entera, que tanto contrastaba con mi vida italiana de ejecutivo publicitario.

Mi primera vez fue la tarde del 6 de julio de 1968. Habíamos perdido el cohete, pero vimos la locura colectiva de la ciudad en fiesta, derramandose por doquier. Llegué a Pamplona en una chatarra de un amigo asturiano. Un amigo suyo que, siendo pamplonés, también vivia en Avilés, tenía un hermano en Pamplona. Teníamos una cita con él, en el “antiguo” Baserri de la calle San Nicolás. Antes de encontarnos con él, nos encontramos con una charanga que entró en el restaurante con el volumen a diez mil decibelios. La locura colectiva de los Sanfermines empezó a deslizarse también por mis venas. Arterias incluidas.

Jaime Navarro     Ayestarán -q.e.p.d.- fue jugador del Osasuna. Me regaló mi primer pañuelo de la Irrintxi y luego un San Fermin de plata. Fue él que me eseñó correr el encierro, abajo en Santo Domingo. Donde la hornacina y periodicos. Estaba casado con Ana una asturiana morena, diminuta y sonriente. En el tendido los amigos decían «mire Ud señor Conde, el Mono y la Asturiana». Primeras clases avanzadas de castellano. Jaime me introdujo en su cuadrilla de amigos (de cuyos nombres, como escribió don Miguel, no quiero acordarme), a los que siempre tendré que agradecer por haberme enseñado todos los rincones, momenticos, costumbres y secretos de estas maravillosas Fiestas. Almorzar en el convento de la calle “Salsipuedes”, después de la Procesión, y luego a sacar una pelicula (entoncens no había videos), desde el campanario de la Catedral mientras abajo bailaban los Gigantes, se lo debo a ellos. Cuando, todavía no tenía papel y me pusieron en medio del grupo con las barras de pan bajo el brazo, un pozal en una mano y una bolsa con los platos en la otra empujandome adelante de los acomodadores y buscandome luego un asiento en el 4, se lo debo a ellos. Me hicieron socio de la Peña Irrintxi invitandome a la comida de su vigésimoquinto aniversario y del “Struendo de Iruña – Peña sin suvención”. Y yo me hize un bombo decorado para tocarlo, cada año, en la noche más ruidosa del mundo mundial. Con mi amigo “ex librero” Javier sigo llevando la escalera para ponerle las flores del Struendo al Santo, en el Pocico y repartiendo las pegatinas que me regala. Decir Struendo es decir añoranza, morriña, nostalgia. Todas a la vez. Un año salí difrazado de arabe. Mi letrero en las espaldas decía: “Ahorre Usted energía, aunque Usted pueda pagarla, España no puede”. Un exito que publicó con foto y todo el Diario de Navarra en 1977. Otro año organizamos un carro con bueyes, con el que ibamos repartiendo champán en orinales de hierro esmaltado. Nos los mangaron todos y el año siguiente los atamos con cadenas. Como también me mangaron, otro año, las fotos con autografo que yo iba esparciendo vestido con la camiseta de Rivelino.

«Desgraciao aquel hombre que no ha llorado ninguna vez» cantaba Domingo Valderrama. Por eso solo quiero recordar –sin más detalles- el San Fermin Chiquito de 1978, en el que tuve el honor de sentirme más Sanferminero que nunca.

Y lo pasé bomba con mis amigos. Un grupo que fue para mi una verdadera fortuna porque me pusieron en contacto con los Directivos de la Casa de Misericordia. ¡Que categoria aquellos señores! Y ¡que amable clase tuvieron siempre conmigo! Aparte de conseguirme “mis” abonos, me permitieron cosas rarísimas. Como ver la entrada de los encierros desde un ventanuco en frente de la Puerta Principal; asistir al apartado desde arriba, donde Miguel Angel nos cuenta la vida de los bureles que se lidiaran por la tarde y donde pude echar más de una charla con los sabios subalternos. ¿Y que decir del tio de Lalo, antiguo Jefe de los Municipales? Él fue para mi una verídica ganzúa. Me proporcionó para muchos años unos pases extraordinarios. Vallado, callejon, encerrillo etc., que casi nunca tuve el tiempo para utilizarlos todos.

Sin necesitar más pesquisas, comprobé que el letrero en el atrio del Ayuntamiento era y es ¡una verdad como un templo!. Un amigo consejal el dia de San Fermin del 1988, me cedió su mecha con la que prendí un cohete y lloré tela. Unos ratos después, el señor Alcalde me regaló una pequeña bandeja de plata con el escudo de Pamplona, para celebrar mis veinte años de Sanfermines.  Como dirian los andaluces, había entrado en Pamplona ¡hasta la cocina! ¿Podia querer algo más?

Y mi cocina personal e intransferible era del Baserri. Sus dueños, los hermanos José Luis y Alfonso y la familia entera, en muy pocos años, se transformaron –y siguen siendo- mi familia pamplonesa. Estaban casados con dos de una terna de hermanas que hacian de cocineras del restaurante. “La Tia Chelo” me ayudó en preparar el disfraz de arabe. Modesta sigue ofreciendome cobijo en San Fermin. E Irene, que es la madre de las niñas que estuvieron conmigo en el campanario de la Catedral, todavía me prepara manjares. Las tres me cuidaban con un esmero maternal que nadie se puede imaginar. Cuando llegaba calamocano sin ganas de comer, salian de la cocina dicendome: «Hay señor Conde ¿que quiere Ud. comer? ¿te apetecería un caldico con yema o una tortillita de esparragos?». Luego me invitaban a salir arriba, en el cuarto de la tia Chelo, para echar una siesta antes de los toros. Los nietos de José Luis y Alfonso no conocen estas historias y me encantaría que sus padres se las contaran. Porque “los Flor-Revuelta” han sido “la flor” de mi enamoramiento a Pamplona y sus Fiestas.

Como lo han sido los de la culta libreria El Parnasillo, en la que se tiraba un cohete a las doce del mediodia del 5 de julio, con champán, sandwich y pastelitos y al que acudia toda la Pamplona más selecta. Hasta el Presidente del Parlamento de entonces. Lola (y su compañero José), Antonio y Javier, siguen siendo unos de mis más queridos amigos y compañeros de juergas. Con ellos solíamos, un dia de Sanfermines, organizar una comida en la Vitoriana de Alcoz, llevando con nosotros enteras cuadrillas de toreros. Y sus matadores, por supuesto.

Y por ultimo “but not least” que dirian los ingleses, tuve la suerte y el gusto de bajar unos cuantos años al Aretako Industrialdea, donde se criaba lo que Polite y yo llamábamos “El Nafarroa Aujourd’hui”. Con mi rubrica “Rosolio e Cicuta” gozé como un mandril escribiendo “tonterías serias” sobre toros, toreros, vestimientas, publico, Peñas y letrero de la plaza.

Mi propaganda a los Sanfermines nunca dió resultados eclatantes. Es que la gente desconfía de los locos. De pequeños vinieron mis hijos y no han vuelto más. Quizás consiga llevar a mis nietos. También vinieron unos cuantos italianos pero su enamoramiento no fue duradero. Es que las Fiestas de San Fermin son como el vino. Tiene mucho peligro, pero quien no se enfrenta con él y huye, es bastante cobarde.

La que si repitió más de una vez es mi mujer que, si el trabajo de arquitecto no lo impide y sin permiso de la superior autoridad, coge la maleta y no se pierde Chupinazo y Procesión. Luego regresa a Milán diciendo: «Tanto gli altri giorni sono tutti uguali.»

Ahora, siendo menos joven y jubilado he dejado mi maletín de ejecutivo y después del quince de julio voy contando los dias rezandole, al Santo Moreno, lograr seguir haciendolo para muchos años. Luego, a partir del uno de enero, me divierto en preparar unos mensaje de correo electronico que voy enviando a un grupo selecto de amigos. Mensajes de absoluta locura Sanferminera, que nos recuerden a todos la escalerilla bendita que nos llevará otra vez al 7 del 7.

Y el 7 de julio llegará el momento de acudir al Pocico y luego, a todo correr, al balcón de casa Huarte donde con mi amiga Charo escucharé la jota con "llorona colectiva" al Santo. El más Santo de todos los Santos del paraiso mundial y extramundial. Porque cuando San Fermin pucha «si te camela ser chipén, deja los curdoz y los callieres a los acabaos y najatela con mi men», este menda no es capaz de restirle.

Ah, se me olvidaba. Benditos sean todos los que no se sienten extranjeros en estas Fiestas, mas bien unos Sanfermineros que viven lejos de la vieja Iruña sin par.

 

Milano, 26 de junio 2009