RACCOLTA ARTICOLI "DATATI"


 

La lidia: fotografia de la vida.

 

Resulta un tanto ambicioso pretender encerrar en unas pocas Iineas el conjunto de pensamientos y opiniones que siempre vienen a flote al intentar escribir sobre temas taurinos.

No obstanle y quizás fiando un poquito en mi chola y también en la experiencia adqurida en más o menos veinte años de verdadera afición, intentaré la empresa. Claro que no es mi intención tratar de aspectos tecnicos o artisticos (que esto es tema para expertos especializados), sino me limitaré a exponer una opinión (la mia personal e intransferible), sobre un particular convencimiento que hablando y pensando sobre esta secular lucha del hombre con el toro se ha enraizado en mi.

¡Que Dios reparta suerte!

Por Io que he conseguido aprender en estos años de afición, puedo afirmar que «Los Toros» es decir «La Fiesta Nacional», es un conjunto tan complejo de circunstancias que nunca se sabe por donde empezar a hablar de ella. Ningun espectaculo es tan impresionante y genuinamente humano como la Fiesta de Los Toros. Ninguno tampoco Ie supera en lo que a sus pintoresca dirección de escena, tragico misterio y sabor popular se refiere.

Como nos dice José Maria Cossío, al finalizar su obra «Los Toros», se trata de «...un fenómeno inexplicable...». (Final tomo IV. Ya han salido el V y el Vl y está para salir a la calle el Vlll).

Yo personalmente tengo la persuasión de que el «fenomeno»·está en directa conexión con el carácter del pueblo de Ia Peninsula Ibérica. Un caracter diferente -si bien en muchos casos parecido- al de los demás pueblos latinos. Quizá al carácter de los antiguos habitantes de Iberia, los romanos, los celtas y los arabes, hayan dejado sus huellas, regalando algo (como este «fenomeno»·de los toros), que resulta de muy difícil comprensión para los demás ciudadanos del orbe.

En los toros se reunen en efecto Ia soberbia de los romanos, Ia combatividad de los celtas, el arte y picardía de los arabes.

Quede claro que esta es la opinión personal de mi menda. Que, de cuando en vez, chamulla de toros.

Lo que no es opinión personal, sino general es que todos nosotros, aficionados que amamos este «fenomeno inexplicable»·desde Io más prolundo del corazón, aun no conocemos con seguridad su procedencia ni tampoco comprendemos totalmente como el·«fenomeno»·se haya desarroIlado de esta forma.·«Fenomeno»·-como hemos dicho- que es el arte de Iidlar a las reses bravas. Arte que indudablemente ha sido inventado en su antigua y actual forma por parte de auténticos ibericos. «¡Lid que sólo en España se acredíta, de posible genial y sin segunda!»

Parece casi como si por afortunada sugerencia externa, los antiguos españoles hubiesen encontrado un estímulo y un impulso para desarrollar una idea congénita, hasta entonces desconocida.

Más verdad esta, si consideramos también que en ninguna otra parte del mundo, si bien de cultura iberica y si bien a través de las influencias externas de las mismas poblaciones extranjeras, es posible a un idéntico progresar del arte taurino.

Ententaré explicarlo «fotograficamente».·

España ha sido, a través de los slglos, una tierra muy afligida. Tierra muy rica de cultura y de imperio, pero pobre y dura para sus habitantes. Una tierra –España-en la cual la vlda y la muerre, la muerte y la vida, han representado desde siempre un juego traglco con el que su pueblo ha sido obligado a entretenerse en continuación. Entre otras cosas, no nos olvidemos que los inventores del toreo de a pié fueron peones, o sea gente del pueblo. Por el contrario. la vida -en el sentido de «ganas de vivir»- ha sido siempre el objetivo principal del hombre español. Un objetivo que, al revés de Io que suelen hacer los demás pueblos, los españoles aman evidenciar, comentar, interpretar, admirar y experimentar. Ésta es una de importantes difrencias -a mi modesto modo de ver las cosas- que hay que considerar cuando se examinan «las modernas teoria de vida». Ésta que, desde muchísimos años intentan empujarnos hacia el olvido de «Io que podría ser......»

Creo entonces que la razón principal del profundo vinculo que existe entre el hombre español y los toros, se pueda explicar solamente analizando Io que significa, en términos de vida y muerte, la Iidia de los toros.

En esta «fotografía»·del juego de la vida y de la muerte, repetida cada vez que hay corrida, el hombre español refleja sus esfuerzos de ganas de vivir. Su amor hacia la balleza. Su cultura y afición al riesgo. Su explosiva gallardía y sus gracias a Dios para ser y sentirse luchador y vivo. Pero al mlsmo tiempo el hombre español, que es noble, no puede aceptar la «fotografía» de su vlda sin reglas, técnicas ortodoxas, arte y gracla.

Este es otro punto fundamental -otra diferencia- que hay que tener en cuenta.

EI torero, como en el comportamiento del chulo (con perdón, en el mejor sentido, pero creo que no haya mejor posibilidad de expresar la idea), no ignora el peligro o el riesgo, sino que quiere disimularlo. Y el juego es maravillosos por esta misma razón. La gracia no se disipa ni aun cerca de Ia muerte.

En una anécdota se cuenta que a Rafael Molina «Lagartijo» se le murió una tia a la que quería mucho. EI maestro siempre le hablaba a su cuadrllla (que en aquellos tiempo -si bien con deferencias al matador- eran como hermanos), de su pobre «tita». Los componentes de la cuadrllla esperaban cuando Ilegaría el dia en que el maestro dejase de darles el tostón. Una tarde en Sevilla, frente a un toro dificilísimo, que trajo de cabeza al matador, peones y picadores, al Ilegar Ia suerte de banderillas «Lagartijo» le dijo a su peón Francisco Antón: «¡Vamos ya niño a poner banderillas! ¡Y pronto!» Antón dió un suspiro hondo y como quien va a hacia la horca, se decidió a poner los rehiletes al bicho, pasara lo que pasara. Mientras se dirigía al toro (este es el caracter·chuIo del español frente al juego peligroso de la vida y de la muerte) Ie dijo a su matador: «Maestro de mi arma ¿quiere usté argo pa su tia...?».

Sobre este particular que es sola y tipicamente ibérlco, no pueden campar derechos ni romanos, ni celtas, ni árabes.

El torero es compromisario en el «fenomeno», como todos los hombres somos comprimarios en Ia vida.

El fulano que entre Ias dificultades de cada dia anda buscando la manera de Ilegar al día siguiente, Iuchando como mejor puede para su propio éxito, hace lo mismo que el torero.

La medida de las capacidades del torero se concreta en el éxito en el escalafón, así como suerte, voluntad, abnegación y entrega, pueden representar el éxlto de fulano en Ia vida. Una cosa es la fotografia de Ia otra. Y al revés.

Pero la vida no es el torero, ni el fulano es la vida.

Esta es la única importante y peculiar filosofia del hombre ibérico. La vida es más importante que el singulo individuo, porque Ia vida es la que permite realizar todos los exitos del hombre. El torero sólo no sería nada en la lidia. En efecto, en la lidia, la verdadera vida es el toro.

El toro es el único verdadero protagonista, «sin toro no habría vida en los toros»; igual que sin vida no tendría vida ningun hombre.

La emoción en la Iidia no la proporciona el torero al hacer un lance o al dar un pase. Lo que el torero proporciona es emoción sola y exclusivamente si se realiza frente a un TORO-TORO.

¡Si señores! Toro en letras mayusculas porque es él que determina la omoción. Porque es él la materia prima y el factor principal que nos pone la piel de gallina.

Son las reglas y el conjunto que nos arrebatan desde lo más profundo unas indescriptibles emociónes. Son las reglas y el conjunto que nos dan, en Ia vlda de cada dia, el gusto de vivir.

Y es el toro en Ia Iidia el que nos da el conjunto, como nobleza y orgullo deberían de dar las reglas.

Muchísimas veces en charlas con amigos aficionados he tratado este tema y siempre -si bien correndo el riesgo de ser etiquetado·como torista- he levantado la bandera del TORO-TORO. Grande o pequeño, cornalón o cornicorto, andaluz, navarro o salmantlno, de muchas varas o terciado, negro, cardeno o colorado. Pero siempre vertebrado, mamífero, monodelfo, rumiante, bovino, del género BOS L, de especie BOS TAURUS L, de raza Bos Taurus Africanus, ENRAZADO, BRAVO y con CASTA: ni que decir tiene TORO. El que hace las reglas de la vlda en los toros. No de los golfos porque ninguna vida pertenece a los golfos.

El TORO es belleza casi indescriptible.

EI TORO es dehesas embarradas por el agua o pagajosas por el sol.

EL TORO es fuerza y dureza de la vida solitaria -si bien en manada- exactamente como la de los hombres.

El TORO es dificultades para quien quiere acercarse a él y es satisfacción del dominio para quien dominarlo.

Sin TORO no habría fiesta. Así como sin vida no podríamos vivir nosotros.

Mientras que quede en los aficionados esta firme convicción, mientras que los mozos de las Peñas -en la monumental de la vieja Iruña sin par- nos recuerden este imprescindible importantísimo particuIar, la Fiesta de los Toros estará allí. No podrá ir a más, porque más no cabe...

EI toro es el toro. ¡El toro es cojonudo / y como el toro / no hay ninguno!

 

P. D.: Pido perdón a los académicos del idioma del señor Miguel de Cervantes.

Que de segundo apellido atendía por Saavedra. Como un amigo mio mayoral en el Toruño.

Y agradezco a todos los que han enriquecido mi afición y conocimientos taurinos contribuyendo a entender más y mejor la filosofia de la Fiesta de los Toros.

 

El Conde para la revista del Club Taurino Pamplona, 1981

 

 

San Cernin al amanecer
San Cernin al amanecer

Nota previa de la redacción de Navarra Hoy

Hoy es otro buen aficionado italiano, Carlo Crosta, de profesión publicitario, de vocación aficionado a los toros desde más de 20 años. Ex Vicepresidente del Club Taurino de Milano (el único en Italia) y Socio del Club Taurino de Pamplona. Desde 1968 no falta a nuestros Sanfermines, de cuyo ambiente es enamorado y sincero embajador en su país. Hace tres años fue uno de los promotores -junto a Ernesto Elio Garberi- de la institución del trofeo para el mejor tercio de varas (Ambrogino d'Oro), que se otorga al mejor varilaguero de las corridas sanfermineras. 

 

¿Es Pamplona sólo la Feria del Toro?

 

Nada más Ilegar Ia tarde del dia 5 de julio del año pasado, recién llegado como todos los años, la noticia me sorprendió. Vamos, como si fuera una bofetada de Urtáin.

En principio no me lo creí, al igual que en el año ‘82 y el mismo dia, me dijeron que Italia Ie estaba ganando 2-1 a Brasil.

No se habló directamente de la noticia en la cena de mayorales que tuvo lugar Ia misma noche en los locales del acogedor ClubTaurino Pamplona de Ia Plaza del Castillo.

Pero en todos los rostros, en todas las miradas y en todas las frases de doble, triple y más sentidos (que siempre hacen los taurinos), se trasparentaba el deseo de hablar de Ia noticia y comentarla. «El fraude había llegado a Pamplona».

Mientras en toda la «piel de toro» se denunciaban fraudes, sin Ilegar nunca a despejarse la niebla que envuelve a los presuntos culpables, en la que se define Ia «la única Feria del Toro», se averiguaba sin ningun género de dudas la fraudolencia de un ganadero. ¡Toma el frasco!

Los pamplonicas tuvieron una gran dignidad; dignidad similar al cariño que demuestran a San Fermin: una dignidad sin igual.

Por los extramuros del «pequeño punto que no se ve en el mapa», lo de toam el frasco lanzado por unos fulanos, parecía constar que también en Pamplona se sermonea sin dar el ejemplo. Por cierto, se deben aclarar ciertas cosas.

Los fraudes, en todas partes y en todas las ferias cuando Ios hay, siguen siendo arrastrados año tras año con o sin fundamentos sin llegar nunca a la certeza ni a la sanción concreta.

Las razones más poderosas las esgrimen los abogados defensores y muchas veces en el gran empeño de los aficionados locales que quieren defender a sus paisanos.

En el caso pamplonés todo el mundo se ha dado cuenta de que con una postura digna y honrada, Pamplona una vez más, por si acaso fuese necesario, ha demostrado que en esto de la fraudolencia no hacen fata abogados, tribunales y juicios ni de coña.

Las sanciones que ms daño causan deben dárselas a los culpables, los mismos aficionados. Y si los aficionados son tan adultos y conscientes como en Pamplona, sobra todo tipo de publicidad.

He conocido a Julio Aguirre Ciriza y no tengo nada contra él. Desconozco las razones que han transformado su aparete candidez campesina por la torpe tontería de liarse una manta a la cabeza.

Estoy plenamente convencido de que pasará mucho tiempo antes que el ganadero navarro pueda Iidiar nuevameme en su pueblo. Y creo también que lo ocurrido en Pamplona le perjudicará a todos los niveles en las relaciones con sus paisanos.

Es una sanción concreta que, aparte de lo que decidan los tribunales, el pueblo pamplonés no ha pensado ni en sueños en contestar ni en inquirir por el hecho de favorecer al ganadero de la tierra.

Pamplona es por tanto, un pueblo difertnte y sus aficionados también. Pamplona es un pueblo de verdaderos enamorados de la Fiesta y que para conseguir que los Sanfermines sigan siendo «lo mejor que hay», exijen los toros de verdad y renuncian a todo tipo de compromiso. Pamplona es un pueblo que goza con el toro y que interpreta su verdadera y unica función fundamental en la corrida, y defende a las figuras honradas que se atreven a pisar el ruedo de una plaza siempre abarrotada, que da miedo.

Quizás sin darse cuenta, Pamplona ha demostrado con un año de antelación y de cara al nuevo Reglamemo Taurino que acaba de aparecer en borrador, que el verdadero código de Ia Fiesta es el público con su postura.

Es un público que premia su empresa acabando con las entradas, que puede encumbrar al los toreros que tienen corazón y que puede sancionar a los culpables del fraude, apartándolos sin excesiva publicidad pero con determinación, pundonor y profundo sentido de la propia dignidad moral.

Es una posiura que reafirma, para los detractores del valor taurino de los Sanfermines, que Pamplona es algo más que la Feria del Toro. Pamplona es el ultimo y extremo baluarte en el mundo, de Ia pureza e integridad de la verdadera y unica Fiesta de los Toros.

 

El Conde – para “Navarra Hoy”, 11 de mayo 1985

 

 

 

Pureza e integritad de la fiesta

 

(Nota del curador de la rúbrica de Diario 16)

El autor es aficionado a los toros desde hace veinte años y publicista de profesión. La muerte de Paquirri, al que conoció y trató, le lleva a reflexionar sobre la diferencia entre el hombre de la calle y el torero y llega a la conclusión de que la muerte de Paquirri fue una hazaña. Especular sobre esa tragedia sería, simplemente, demagogia.

 

 

LA muerte de Francisco Rivera Pérez «Paquirri» fue quizá, el hecho más importante de toda la temporada l984. Todavía la muerte de un torero -como Ia de un piloto de Fórmula 1 o de un boxeador- provoca siempre unas interminables demostraciones. Todo el mundo quiere hacer algo. Nadie se da cuenta de la inutilidad de hacer algo. Porque cualquier cosa se traduce en un equívoco.

Vi a Paquirri por primera vez durante una de mis vacaciónes en España, el dia 11 de agosto de l966. Casi no sabía lo que significaba lo de «alternativa». Por aquel entonces, en mi pais, «alternativa» se le llamaba a algo referido al cambio politico. Muchas cosas ignoraba. Me creía, por ejemplo, que muchas hazañas pertecnecían solamente a otros tiempos. A la historia. Como la de morir por asta de toro, mientras el hombre luchaba para llegar a la Luna. Luego llegó, ha vuelto y quiere ahora ir más lejos. Lo de morir por asta de toro sigue todavía siendo mito y realidad.

Y yo para ver a dos mitologicas figuras había acudido a la Monumental de Barcelona aquel dia. Paco Camino y Santiago Martin «El Viti» bautizaban un nuevo matador de toros. Claro que no lo conocía. En aquellos años estaba yo acercandome a los toros y no me interesaban los novilleros.

El era joven, muy joven. Infundía un sentido de ternura. Tenía los rasgos parecidos a los que tienen, en mi país, los muchachos del sur, los que llamamos «scugnizzi». El traje de luz blanco y oro y su perpetuo tic de Ievantar los hombros para hundir en ellos la cabeza, lo hacían parecer un chavalín indefenso, fuera de sitio.

Luego, cuando lo vi torear, mi primera impresión cambió. Era agil, valeroso, siempre sonriente, poderoso y, también, un poco «chulo». Me entusiasmó.

NUNCA ha sido mi torero preferido. Yo fui forofo perdido y seguidor de «Antonio Ordoñez». Pero siempre me daba alegría -a menudo emoción- asistir a sus actuaciones. Más o menos diez años después lo conocí en la habitación de Antonio José Galán, en el hotel Yoldi, de Pamplona.

Comentó que él no quería nadie en la habitación cuando se vestía de luces: ni a los de su familia. Estuvimos de cachondeo, porque se había quedado de pie, esperando que Galán acabara de ducharse. Decía que no quería sentarse en ningun sitio porque «los toreros somos gente “mü” rara y tenemos manías. La cama, la silla, el sofá, hay que preguntar siempre en donde puede sentarse uno».

Y hablaron de correr el encierro y de muchas cosas más. Yo estaba con la boca abierta, mirando y escuchando aquellos dos hombres que, dentro de pocos ratos uno y el día siguiente el otro, tendrían que enfrentarse –a solas- en una gran plaza de toros. A solas con el miedo, con el valor, con sus pensamientos. A solas con ellos mismos, pero delante de un toro y a miles de personas.

Los toreros viven en un planeta diferente, duro y difícil. Los toreros desarrolan una profesión absolutamente extraordinaria: el juego del arte y de Ia posibilidad de la muerte frente a una fiera. O sea, vulgarmemte, arriesgar constantemente la cornada haciendolo con elegancia, para que en los demás se produzca emoción.

Solo ellos saben, más que nadie, lo que quiere decir eso. Y ellos lo quieren hacer. Esta e Ia sencilla diferencia entre un señor cualquiera y un torero. Y eso era lo que quería hacer y hacía todos los dias Paquirri. Simplemente ser torero. Su tagíca muerte no debe ahora provocar equívocos o, peor aun, permitir especulaciones.

PAQUIRRI, pagando con su propia vida, ha conseguido los maximos trofeos que puede conseguir un matador de toros: entrar en la historia de la tauromaquia. Y esto no es demagogia, es la verdad.

Demagogia sería pretender «fabricar una nueva fiesta», en la que desaparezcan del todo los riesgos y, por consecuencia, los percances graves –hasta mortales- para los toreros. Nunca los toreros lo han querido, ni el mismo Paquirri. Por eso los toreros son toreros y no trabajan en publicidad.

Demagogia sería ahora hablar en contra de «aquellos» que siempre han luchado para conseguir «la pureza» de la fiesta. Es decir, el toro integro, de trapío, justo de peso, con piés, motor, raza, casta y bravura.

Trágica demagogía seria pensar que Corrochano, Cañabate y el mismo Antonio Bienvenida hayan deseado la muerte de alguien, por el hecho de que hablaron de la integridad de la fiesta denunciando sus fraudes. Ni Paquirri ni los demás héroes de la tauromaquia fallecidos en toda su larga historia lo han pensado. Jamás ninguno de los hombres vestidos de luces lo ha pensado.

ESTOS hombres –los toreros- son más grandes que los demás propiamente porqué están en los ruedos hasta morir en ellos. Porque respetan y cumplen con sus obligaciones·y responsabilidades frente a la fiesta, al público y sobre todo, frente a ellos mismos, hasta un punto impensable para los hombres normales.

Hacer demagogia buscando menguar los riesgos congénitos a la fiesta, significaría faltarle de respeto y hollar su honor

La grandeza de estos hombres, a los que se les llama toreros, debe ser tutelada y el que mejor puede hacerlo –aunque engendre dolor el decirlo- es el peligro. EI toro y el peligro que lleva consigo, hacen grandes y diferentes los hombres que se visten de luces

Su profesión seguirá siendo extraordinaria, noble y unica en el mundo entero, solamente si la fiesta también seguirá llevando, en si misma, la posibilidad de que se cumpla la tragedia.

QUE nadie quiere. Pero que es «conditio sine qua non» para su existencia. Exigir hoy la pureza y la integridad de la fiesta, significa también respetar la grandeza de Paquirri.

Respetar su muerte, que ha sido la coronación de la vida profesiónal de un diestro que –quizás sin necesitarlo- salió a dar la cara en una plaza de tercera, honrando sus obligaciónes y cumpliendo con sus responsabilidades. Siendo todo un torero.

Su hazaña ha contribuido a mantener puro y honrado el oficio de todos los que se visten de luces: de oro y de plata. Demagogia sería tratar de especular sobre su tragedia. Machacar lo que ha hecho, de cualquier manera, sería parecido a machacar su cadaver. Como harían las hienas.

Yo seguiré viéndolo delante de mí. Con su cara quemada por el sol de Andalucia, rodeado de pelos y cejas negras. Con sus ojos claros y profundos y con su cicatriz en la mejilla. Como un joven oficial del imperio austro-húngaro de finales del siglo XIX.

 

El Conde - para Toros 16, mayo 1985

 

 

Pamplona, donde torear es más milagro

 

CAMINO de Pamplona me viene a la mente la afirmación de muchos aficionados que dicen que en Pamplona no se pueden ver toros.

Esto no es cierto. Pamplona es una cosa aparte. Hay que entrar en los Sanfermines y vivirlos por dentro. En Sevilla, por ejemplo, quizás la feria de toros mas bonita del mundo, los toros estan en la Maestranza y la fiesta está en el Real.

En Pamplona los Sanfermines estan presentes en todas partes: en las calles, en los parques, en los bares, en la plaza de toros y en el corazón de quienes tienen la suerte de entenderlas.

Luego viene el toro-toro. No se ven los toros de Pamplona en ninguna otra plaza. Los ganaderos los apartan en el invierno, los cuidan y sienten luego el orgillo de salir en el cartel. Y el toro también entra en la fiesta y la vive. Corre con la gente cada mañana y solo le falta el pañuelico colorado al cuello,

Luego vienen los toreros y los aficionados «serios», y quizás estén equivocados con el publico sanferminero.

José Bergamln dijo que el publico, en la plaza, es parte integrante del espectaculo veridico y burlesco que es una corrida de toros. Y añade que hay diferencia entre actor y comediante. El actor hace su personaje por dentro y el comediante por fuera, El que se queda fuera del ambiente sanferminero tiene como una valla alrededor.

ME acuerdo que hace añios hablé con Antonio Ordoñez. Habia una huelga de empleados de hosteleria. En Pamplona, por San Fermin, habia que subirse las maletas y bajar la ropa a las lavanderias. En el «Baserri», un restaurante familiar en donde se comia estupendamente, no había nunca huelgas y, sobre todo, en donde me dejaban subir a echar una siesta cuando necesitaba recuperacién inmediata, Alfonso, el dueño, me presento al maestro.

 

Hablamos un rato y yo, que por aquel entonces habia leido muchos libros pero veia muchas menos corridas, le pregunté por qué él, que se lo sabia y podia todo, no iba consiguiendo tarde tras tarde triunfo tras triunfo.

Con su sonrisa «rondeña» -solo le reían los ojos- me hizo una estupenda faena. Se recreó hablando del sentimiento, del arte y de lo que lleva dentro el torero cuando siente y hace su toreo. Y dijo que la gente no debe limitarse a mirar, sino hacer el toreo -con el torero- si quiere saborearlo para siempre.

Creí que me estaba tomando el pelo para disculpar su abulia, de la que todo el mundo le acusaba.

Fue ésta, quizás, la lección más importante de mi vida de aficionado, y se lo agradezco. Porque ademas yo le he visto torear de verdad en Pamplona. Ordoñez es el torero que más ha toreado en los Sanfermines. Me parece que 22 tardes.

Ha corrido en encierro -también como pastor- ha venido a Pamplona de juerga: ha entrado en los Sanfermines. Se ha hecho actor y no comediante, con su toreo.

NO hay duda alguna de que Pamplona no es Sevilla. Frente al silencio y a la disponibilidad de los hispalenses, se encuentra uno con el bullicioso ruido de «las Peñas» con sus charangas. Torear no es fácil, pero, como dijo José Bergamin, «en el toreo todo lo que no es milagro, es trampa».

Y yo me quedo con Pamplona y su Feria del Toro, diferente a todas. En donde el toro es toro, el publico es loco y en donde el triunfo es la locura que solo alcanzan los que han entrado en los sanfermines: Pamplona es en donde torear es mas milagro.

 

El Conde – Para Toros 16, julio 1985

"El librito" de José Bergamín
"El librito" de José Bergamín

EL «TIFOSO» DE LOS TOROS

 

EI «tifoso» de los toros duda entre gozar y agradecer a los herederos de Bergamin la publicación del libro «La claridad del toreo» o dolerse y odiarlos por haber demostrado que en esto del toro hay mucho que aprender. El autor se decide a no odiarles, y llevarse el «librito» como un misal, ya que nccesita leerlo muchas veces para comprender los toros un poco más y lograr ser un «tifoso» mejor...

 

 

NOS cuenta Rabelais que, pariendo a Pantagruel, la mujer de Gargantúa murió y este se quedó por mucho tiempo en duda entre desesperarse por Ia muerte de su compañera o exultar por el nacimiento de su hijo.

Algo parecido le puede pasar al aficionado encontrandose con el ultimo «Iibrito» de José Bergamln Gutiérrez: «La claridad del toreo».

EI «tifoso» de los toros duda entre gozar y agradecer a los con herederos del más grande «filosofo-humanista-radical» de la fiesta, o dolerse y odiarlos (en el mejor sentido), por haberle demonstrado -una vez más- que en esto de los toros, todavía hay mucho que aprender.

José Bergamín nos empuja hacia una nueva claridad y lo hace desbaratando los criterios de visión y evaluación del toreo. Trastornando el orden natural de las cosas que -en Ia mayoria de los casos- es lo que nosotros consideramos como tal.

Ser aficionado significa ser amante entendido de un arte (el arte birlibirlormágico de torear), que nunca es esclavo de leyes, principios y cánones. Un arte en el que, como en todo arte plastico e instantaáneo, no existen verdades absolutas ni dogmáticas.

Que es exactamente Io contrario de todo lo que muchos aficionados «ortodoxos» piensan. Un arte que cada cual realiza a su manera «creando o no, al hacerlo, su estiIo»; que es su y arte propio y personal, no el arte de la tauromaquia. EI toreo es sentimiento y estilo, «...sin hablar de técnica, que es palabra fea para cualquier arte, aunque sea para un arte vivo y pasajero como el arte de torear, sujeto a circunstancias naturales ineludibles...».

Y para ejemplificar su claridad, José Bergamín nos habla de Manolete: «Que no toreaba jamás como mandan los cánones ni rondeños, ni sevillanos, ni cardobeses, pero que decía el toreo con sabroso estilo personalísimo.» ¡Aquí está Ia revolución! lgual que Carlos Marx -otro humanista radical y Bergamln me perdonará la comparación-, que recomendaba intentar «ser mucho en vez de tener mucho», él revoluciona el concepto de ver los toros. EI toreo se dice. Se dice y se escucha, afirma. Entonces, el aficionado no es el que tiene etiqueta de serlo, porque «sabe de toros»: de los tres tiempos, de las ganaderias, del reglamento, etcétera. EI alicionado será el «que ve con los oídos y escucha con los ojos».

Escuchar el toreo quiere decir ser capaz de meterse (si bien solamente con el espiritu, que todavía es necesario tener, y estando sentado en Ia propia localidad), en el ruedo, al lado del torero, para interpretar con él las suertes. Viviendo con él su propio arte. Que no es poco.

«Ser aficionado» es olvidarse de tener una etiqueta puesta –como le dice Cayetano a Baldomero en el «librito»-, sino convencerse que «más que hablar de temple y de mando toreros hay que hablar de lo que es una suerte en el toreo: y de cómo se la mide en su espacio y en su tiempo; con la muleta y con la capa igual que con el acero o la pica a caballo o a pie en el banderilleo».

Algo como Ia teoria de la relatividad de Einstein. Que no es para todos. Antonio Bienvenida da dijo que «el arte de torear es todo lo que sobra, una vez ejecutada la suerte como mandan los cánones».

Y Bergamín añade a esta verdad torera que «el toreo es escuela de elegancia intelectual».

Asi que, inteligente y elegantemente, se debe considerar si el torero lo ve claro o no y si puede, por consecuencia, o no torear. Asi que el aficionado debe comprender al toro igual que el propio torero y hacer su examen de conciencia: si ve claro lo que está mirando o lo ve mal, que es como si no le viera.

Y Bergamln insiste en la suerte de Ia claridad diciendo: «Que para ver y entender estas verdades toreras, lo que hace falta tener son buenas entendederas».

Nos podemos atrever a interpretar «las entendederas» como las intenciones, las disponibilidades espirituales que el aficionado lleva consigo (como «la gracia», que decia JoseIito, «cada torero tiene que llevarse al mundo porque es lo unico que en el toreo no se puede aprender»), cuando va hacia una plaza de toros.

Algo parecido al entusiasmo puro que Ilevaba Don Quijote al salir de Ia venta: «La de la tarde seria, cuando Don Quijote salió de la venta tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado de entrada al tendido, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo».

Y esto tampoco quiere decir excesivo triunfalismo. Simplemente entendederas: conciencia de estar frente a una obra de arte y a su artista. «Torear, dijo Belmonte, es hacer todo lo contrario de lo que quiere el toro».

Y José Bergamln, aclarando el tema, deja escrito para nuestras reflexiones «El toreo se dice cuando se hace, y no al revés. Porque hacerlo siempre depende del toro. Se puede torear bien hacer bien el toreo y no decirlo de ese modo. Se puede, aparentemente al menos, no torear bien, no hacer bien el toreo y decirlo admirablemente. EI toreo que se hace bien y se dice mal no deja hueIla ninguna imaginativa en nuestro recuerdo. En cambio, lo contrario si». Habilidad de comprender una obra de arte. Ser aficionado es entonces hacer todo lo contrario de lo que nos aconseja nuestro egoismo -que es nuestra bestia interior- y es casi dificil como ser torero. Esta es la revolución bergaminiana.

Metastasio decía: «Chi d'amor vive sempre delira».

El aficionado, si bien enamorado de su fiesta, nunca debe delirar. El aficionado que nos enseña a ser Bergamín es como el rociero de la sevillana, que le promete a la Virgen ser como Ella quiere que sea. Un aficionado puro de corazón y de alma. Como la del toro que canta Bergamín: «El alma del toro es clara y pura como el cristal y su inocencia es tan rara porque es sobrenaturaI».

Y serán bienaventurados los Iimpios de corazón..., porque verán con claridad las corridas de toros.

Un aficionado por lo menos no los odia a los herederos de José Bergamln. Se lleva el «librito» como si fuera el misal de un cura (ya que necesita leerlo muchas veces para comprenderlo todo) y, entendiendo cada vez un poco más, los agradece, porque se siente -poco a poco- un «tifoso» mejor.

 

El Conde - para Toros 16,  junio 1986

 

 




"Pablorromero"
"Pablorromero"

 

La verdadera fiera

 

El pasado dia 11, en la plaza de toros que más quiero -que me perdonen mis queridos amigos de Sevilla-, se me vinieron a la memoria unas de las últimas palabras que en la novela de Blasco Ibañez «Sangre y arena» dice para sí mismo el peón de Juan Gallardo. Comentando el comportamiento del público, que antes idolatraba a su matador y que en ocasión de su mortal cogida ya se había olvidado de él y estaba entregándose a un nuevo idolo, dice el peón: «¡Al final ha caido! Esa es la verdadera fiera.»

Lo bonito de la plaza de toros de Pamplona es que en ella se pueden ver cosas que nunca jamás se ven en otras plazas. El dia 11, por ejemplo, salió al ruedo el toro «Chivito», de Pablo Romero. Llevaba en sus entrañas todo o casi todo lo que pueden llevar cientos de toros: mansedumbre, bravura, nobleza, sentido, trapío, pies y mala uva. Y no se me vienen más calificaciónes que, seguramente, habrá. Un espectáculo que tardaremos mucho tiempo en ver. Un espectáculo para entendidos y aficionados.

En la plaza de toros de Pamplona puede que un matador se haya equivocado mientras «Chivito» obligaba al personal a estar al loro; pendiente de él como muy pocas veces·sucede. Hubo un momento en que todas las cuadrillas estaban en el ruedo.

«Chivito», de Pablo Romero, tomó ocho puyazos –dos de ellos magnificos- saltandose el reglamento y sus tres puyazos y saltandose luego la barrera. Mientras un torero -de los del castoreño- pasó a la enfermería herido de pronóstico grave.

En esta ocasión -tan rara y excepcional en las plazas de toros hoy·dia- también el público se pasó. Se pasó el publico de sombra al apoyar un torero equivocado, que quería recuperar su postura y se pasó el publico de la solanera al meterse con un matador que, cualquiera que fuesa su culpa, siempre merece el mayor respeto. ¡Tampoco es de recibo pedir la vuelta al ruedo a un toro para fastidiar a un torero!.

Es el publico de la plaza de toros de Pamplona, el que hace de esta plaza la que más de uno queremos sobradamente, y por decir toda la verdad, ese publico lleva ya bastame años «pasandose». Lo siento con todo mi corazón, porque para mi el publico de Pamplona es el publico de la solanera. Las Peñas deben recuperar·su legitimidad, su sentido, su razón de ser y acabar con las intrusiónes.

Yo estuve con la solanera, con ese público de las Peñas. Mis añoranzas de joven extranjero, con la suerte de estar metido hasta en el ambigú de la peña Irrintxi a currelar durante las noches Sanfermineras, me llenan los ojos de lagrimas. Y me acuerdo perfectamente que en aquellos años la gente «quería la Peñas y quería verlas interpretar los Sanfermines a tope».

En aquellos tiempos, las Peñas eran la vida, la espontaneidad creativa, la alegría y todo lo bueno de esta fiesta tan grande y acogedora. En aquellos tiempos las Peñas tenían la misma «gracia» de los sevillanos. Y que me perdonden otra vez los amigos de Hispalis. Entonces era como si el mismo corazón de la ciudad estuviera felizmente acomodado, con sus charangas, en los tendidos de sol.

El público de Pamplona -también el de sombra, que siempre le lleva la contraria al de sol, quizás simplemente porque no quiere comprenderlo- tiene que volver a ser el de antes. El de su Feria del Toro. Un pueblo adecuado para comprender la feria quizás más difícil de comprender y el la que más dificiI resulta estar.

Un matador es un hombre que se pone delante de un bicho, y.en Pamplona suele salir un espécimen cornudo diferente al que saIe en otras plazas. El torero debe tener, justamente, honradez, valor y, si lo tiene, arte. Pero un matador es un hombre y, como tal, puede hasta equivocarse o, simplemente, puede estar mal y nunca jamás se le·debe ofender o amenazar o, peor todavía, intentar herirlo a botellazos, por ejemplo. Sólo se le puede ofender «con cariño».

Una plaza es su público. En Pamplona se va a los toros mejor que en cualquier sitio: al compás con la musica de las Peñas o de la Pamplonesa. Tanta «gracia» para ir a los toros, hay que Ilevarla hasta el interior del coso, hasta los tendidos.

Esta plaza de Pamplona, la más bonita de la piel de toro, por lo que en ella pueden ver los verdaderos aficionados, no debe dejar de serlo. Su publico, el de sombra y el de sol, debe hacer otro milagro, como los que de cuando en vez se realizan con los toros de aqui. Pase lo que pase en el ruedo, nunca debe pasarse el público. Nunca debe parecerse a una fiera. Porque Ios toros en Pamplona parecen mejor de lo que son y en realidad son mejor de lo que parecen. ¡Viva San Fermin!

 

El Conde para Toros 16 – julio 1987

Fenix by Barthelemy
Fenix by Barthelemy

 

Pamplona, «Felix culpa»

 

Hace veinte años, el dia 6 de julio, me presenté en un bar de Pamplona en la calle San Nicolás, para encontrar «el amigo pamplonés, de un amigo asturiano», que iba a ser mi primer anfitrión de los Sanfermines.

Nada más entrar en aquel «bar-ahunda», me entró un panico horroroso. EI local era grande y tremendameme ruidoso y estaba repleto de manera inimaginable. ¡No había forma de pedir una cerveza! Me puse en un rincón y pensé que allí nunca encontraria a nadie, asl que aquella feria –a la que no había acudido antes por miedo a quedarme solo y «fuera de eIIa» no conociendo a nadie- seguiría siendo, para mi, como el el Ave Fénix. Sin embargo, Iuego, resultó ser la feria que más frecuentaría. ¡«Mea culpa y FeIix culpa»!

«FeIix cuIpa» quiere decir culpa bendita, error salutifero. Como aquel de Ia señora que por quedarse un rato más con su amante, perdió el avión predestinado a precipitar unas horas más tarde.

Mi «felix cuIpa» ha sido Ia de descubrir y entender la «felix cuIpa» de Pamplona: su total locura. Sencllla, pura y en estado (y tamaño) naturales, es una Iocura contagiosa y, muchas veces, cuando «ya falta menos», me hace despertar por la mañana «con el terror de haber dejado de estar loco», como decía mi paisano Giovanni Comisso.

La «FeIix cuIpa» de Pamplona es la total Iocura de la ciudad entera. El pueblo, los forasteros, las calles, las paredes de las casas del barrio viejo, la musica, el desarrollo de la Fiesta e de su Feria del Toro y del toro mismo. Una Iocura total y permanentemente irreverente hacia todo y hacia todos. EI simbolo de Ia total y desenfrenada libertad.

Y en medio de todo esto, por si alguien se olvida, el toro. EI toro de Pamplona que «provoca envidia» en mucha gente porque no se lidia en cualquier parte. EI toro con trapío, que no se cae en el ruedo, que corre con la gente por las calles en los encierros, y que Ia gente siente como hermano: fuerte, duro, fiero, agresivo y noble como los navarros. EI toro es también la «FeIix cuIpa» de Pamplona. Una «FeIix cuIpa» que hace nacer el toreo miIagroso, es decir el toreo que consigue callar al personal más bullicioso porque, cuando lo hay, es importante, emocionante, raro y verdadero como en ningun otro ruedo del orbe terraqueo.

Una «FeIix cuIpa» Ia de Pamplona, que se concreta en Ia responsabilidad de su gente, que se está dando cuenta -cada vez más- de que su Feria del Toro es cosa muy bonita, preciosa, importante y unica y que, como todo lo que tiene estas caracteristicas, debe ser mimado en su originaria tradición.

Por eso vamos a Pamplona toree quien toree. Porque es el reino de Ia locura y del toro. Lo demás, si bien precioso y bonito, lo disfrutaremos durante todo el resto del año.

 

El Conde para Toros 16 – julio 1988

 

AFICIONADOS DE CALIDAD Y AFICIONADOS VULGARES

 

Es cierto que en el transcurso de cada temporada nos toca presenciar corridas soporiferas. Pero también es cierto que el aficionado de calidad -en lugar de los bostezos- siempre encuentra en las plazas “algo” que merezca la pena ser visto. Un toro, una media, un par de rehiletes, un trincherazo, una estocada. En dos palabras: “un detalle”.

El aficionado que de verdad conoce y quiere la fiesta de los toros nunca se aburre. Mira, valora, critica, pero nunca se aburre del todo. La corrida es un espectáculo muy complejo en el que influyen, todos lo sabemos de sobra, una gran cantidad de elementos. Sin embargo, no siempre se le considera de esta manera.

«Sutor ne ultra crepidam» (Zapatero remendón, cuidado en no irte más allá del zapato). Así les dirían los antiguos romanos a quienes hoy pretenden emitir juicios sobre algo que no conocen en profundidad.

Entre el publico que presencia a las corridas (que, por fortuna, sigue aumentando y llenando los cosos y que, por desgracia, no se compone solo de buenos aficionados), se van formando grupos de fanaticos organizados o sueltos, que llegan de no se sabe donde, para los cuales solo cuenta “lo particular”. El toro grande o las caidas, Ia pata p’alante o el pico de Ia pañosa.

Para esta gente “lo particular” lo es todo en las corridas. “Lo particular” es el fenómeno único y absoluto del espectaculo.

Es muy dificil establecer responsabilidades precisas ya que casi todo, al final, llega a trastocar los entendimientos y a transformarse en vulgaridades. La vulgaridad prevalece hoy en las plazas de toros, asi como en cualquier faceta de la vida. La vulgaridad todo lo transforma en un juego peligroso, en el que los toreros o se prestan y se someten a estas reglas o se quedan afuera.

Entendámonos: en el mundo de los toros siempre han existido las pasiones, los entusiasmos y las reacciónes emotivas frente a la actuación y al estrepitoso éxito del propio idolo o, simplemente, de un precioso encierro. No hace falta afirmar además que el que compra una entrada para ver “una cosa”, tiene todo el derecho de no conformarse con presenciar a otra o con la opinión de quien sea. Esto es un principio que nadie quiere poner en discusión.

No debemos todavía olvidar que la convivencia, dentro y fuera de la plaza, debe ajustarse -al mismo tiempo- con los derechos de los demás y con las buenas maneras.

Sólo en consecuencia de este equilibrado pacto el publico debería graduar sus aplausos y sus disentimientos.

Hoy en dia parece, al contrario, prevalecer una tendencia que acaba con meter en crisis esta regla fundamental del hombre urbano, sustituyéndola con la agresividad y la intolerancia.

Quizás todo esto represente un particular de poca importancia en una sociedad que tiene muchos y más graves problemas. Pero es indudable que a los toreros, atropellados por una intolerancia que ellos estan seguros de no merecer y atemorizados de no tener la posibilidad de hacer “lo que más les gusta y más sienten”, todo esto les puede caer muy mal.

No debemos olvidar que los toreros -cada cual con su peculiar equipaje- son artistas y que, por lo tanto, pueden rehusar de seguir siendo el blanco pasivo de los malhumores y de las malas costumbres de la gente. Y que también podrían decidir alejarse de los ruedos. Como Paco Ojeda, por ejemplo.

O podrían –y esto seria peor todavía para nosotros aficionados- simplememte conformarse con “currar” y nada más. Ser aficionado es más difícil que ser amante de cualquier otro arte.

Pensémoslo cuando compramos una entrada y cuando nos sentamos en una Iocalidad de una plaza de toros. ¿Con que profundidad conocemos lo que nos aprestamos a ver? Cada vez más comportarse como un mal aficionado, significa favorecer a los enemigos de nuestra Fiesta de los Toros. Y acabar con ella.

 

El Conde –Para Toros 16, 1989

 

 

Paseillo en Azpeitia
Paseillo en Azpeitia

 

LA MEDALLA DE ORO QUE NO SE HA OTORGADO

 

EI domingo dia 9 a las 10.45 de Ia noche el señor Samaranch declaró clausuradas las XXV Olimpiadas que acababan de trastocar la capital de Catalunya -la Ciudad Condal- en la más famosa «ciutat» del orbe terraqueo.

El tricicle vaciló y los municipales de Barcelona, montados en sus negros corceles (alguno de ellos era blanco, pero que más da), galoparon dibujando extrañas figuras geometricas.

Al señor Maragall se le infló el pecho cuando Ie dijeron que había estado el mejor. Al alcalde de Atlanta no le hizo falta inflarse porque estaba ya como un trullo.

La mascota de 1996 «esto que es?» se presentó. Los Manolos, «Ceret» y los Amaya les enseñaron al mundo entero lo que es una verdadera juerga «lberia style» y el publico (casi 3.000 millones de personas incluyendo los de la tele), se enteraron de que España se había llevado casi medio centenar de medalla en las Olimpiadas del Vº centenario.

A don Juan Carlos de Borbón se le definió en mi pueblo «el Rey Midas». ¡Oro a punta pala, para el Pais de la piel de toro! Todas medallas bien merecidas pero, quizás, con un pequeño fallo. Entre todos los artisticos deportes, de las Olimpiadas (¡hasta la pelota!), no hubo ninguna medalla para ninguno de «los artisticos deportistas» del mundo del toro.

Sin embargo -justo en los primeros dias del gran maraton olimpico- en un pequeño pueblo guipuzcoano, ubicado a la vera de un gran Santuario que también acababa de celebrar otro famoso Vº centenario, la «Zezen Komisioa» hubiera merecido mogollón de medallas de oro en premio a la organización de sus fiestas patronales «San lnazioetako Zezenhetak 1992».

Azpeitia es un precioso pueblo que se alla a muy pocos kilometros de Zumaya (en donde estaba la inolvidable mansión de los padres de Oscar) y muy cerca de Tolosa. Pero mientras de Zumaya Ilegas a Azpeitia en 15 minutos, llegar desde Tolosa, cruzando el puerto de Widania (532 metros), te puede costar tres cuartos de hora.

Y si vas de empalmada, más todavía. Pero la Feria de Azpeitia merece empalmadas, cruces de puertos de montañas, viajes en avión, caminatas y hasta cansancio.

La Feria da Azpeitia lleva diez años de vida. En estos diez años se han celebrado 17 corridas de toros, 13 novilladas picadas y 10 espectaculos comicos. Por el ruedo de su linda y encantadora plaza han pasado 26 matadores de toros y 30 novilleros, 136.000 han sido los espectadores que han presenciado los acontecimientos taurinos azpeitiarras: ¡tres llenos absolutos de la Monumental de Mexico city!

La «Zezen Komisioa» de Azpeitia en estos diez años de currelo ha hecho verdaderos milagros. Ha entregado 5 millones a la Misericordia, poco más de 4 millones a Caritas Parroquial y 300.000 pesetas a las Siervas de Maria. O sea, más o menos de 10 millones de pesetas en beneficiencia con una plaza 3.800 Iocalidades. ¡Y guarda el 0,5% para reserva presupuestaria!

En Azpeitia, después de la muerte del tercer toro, la banda de musica del maestro Francesena («Schubert» para el arte), toca el «Zortziko». Una pieza de rompe y rasga que levanta el publlco de sus asientos y que te pone la piel de gallina como la mejor de las faenas. Este año la mejor faena a corrido a cargo de Antonio Borrero «Chamaco ll». «Un chaval roquero» (como Io definió Huberto Apaolaza), que alterna toreo pausado, lento y angelico, con otro de mucha agalla y desmedida juvenil «freschezza».

Sin embargo los que estuvimos en Azpeitia, estamos de acuerdo en reconocer que Ia faena más meritoria la llevaron a cabo los de la «Zezen Komisioa». 3 corridas de toros 3, con las mejores figuras del escalafón: 6 matadores entre los 10 primeros (Ponce, Rincón, Ojeda, Espartaco, Litri y Muñoz). Lleno todas las tardes, toros que no se han caido y publico muy agradecido que se lo ha pasado bomba. La olimpiada de Azpeitia se celebra cada año. ¡Y no les han dado ni una medalla! Anda ya.

 

El Conde – para DIARIO 16 –“TRIBUNA de verano”, 26 de agosto 1992

 

 

Azpeitia desde el rio Urola
Azpeitia desde el rio Urola

CARTA ABIERTA PARA EL AZPEITIAKO UDALA

 

Querida Azpeitia eta bere azpeitiako herriari,

el refrán italiano "lontano dagli occhi lontano dal cuore" es una patraña.

Estar lejos de ti con los ojos y sentir el desgarro de mis penas en el corazón y las entrañas, es como si fuera lo mismo.

Estar en Milano, calentorra y agobiante, en lugar que en tu precioso y fresco valle es -en estos dias de tus Fiestas Patronales- como estar en un desierto viendo un espejismo tras otro.

Unos espejismos dulces y, al mismo tiempo, que rompen y rasgan.

 La banda de "Schubert"; la Procesión con el con el cantico serio a San Ignacio; la misa en euekera (que nunca llegaré a entender, pero que siento y veo llegar en el profundo de cada alma presente en la Iglesia); el coro detrás del altar; el perfume de Fiesta sencilla y limpia que ya es cosa rara en cualquier otro lugar; los carteles de las corridas que organiza la ilustre "Azpeitiako Zezen Komisioa" y que nisiquiera conseguiria organizar el mismísimo "Lendakari Taurino"; la Zezen Platza linda, con sus montañas verdes alrededor, como si fueran un marco a una pintura de Velazquez; el Zortziko que nos llena los ojos de lagrimas a diario y que casi nos hace estallar nuestros corazónes del pecho; los lujosos gin&tonic de Pedro, entre toro y toro y las pantagruelicas y excelentes comilonas de los restaurantes guipuzcoanos.

Y los amigos de allí. Gente de muy pocas palabras. Casi ninguna. Pero gente con el corazón en la mano para que tu, forastero, puedas adueñarte de él y vivir  unas entrañables e inolvidables Fiestas, como si fueras uno de ellos.

Hoy, mañana y pasado, todo esto será un inerminable  trajin de espejismos.

Mi amada Azpeitia, nunca estar lejos de ti con los ojos, querrá decir estar lejos de ti también con el corazón. Mi corazón estará siempre contigo y con tu gente esplendida y, te lo prometo, nunca volveré a quedarme tanto tiempo lejos de ti.

Te deseo unas grandes Fiestas 1995, tan grandes que el deseo de estar en ella en 1996, sea desmedido aliciente para este menda y para todo el que te quiere de verdad, como yo te quiero.

Un abrazo muy fuerte de parte de tu incondicional y eterno enamorado.

 

Milano, 31 de julio 1995

 

Carta enviada por el Conde al Ayuntamiento de Azpeitia y que fue publicada en el periodico local el dia de San Ignacio de 1995.

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